Su presentación es simple ante los ojos de cualquier curioso, no es más que un pan francés partido a la mitad y dentro de este pejerrey arrebozado con salsa criolla. Pero, una vez degustado, todo cambia y el rostro del comensal empieza a cambiar. Lo simple se convierte en complejo y el que menos pide «el secretito».
Según un archivo del diario El comercio, el pan Chimbombo tiene origen japonés y no originalmente era pejerrey, sino el bonito. Todo habría iniciado en 1920, cuando un migrante japonés llamado Sandá Oshiro, llega a nuestras costas proveniente desde Okinawa. Acá se casa con su compatriota y ponen un negocio: la venta de pescado frito. Su preparación era filetear el pescado, chancarlo hasta que quede una sola lámina, se apanaba con salvado de trigo y directo a la sartén. Su acompañamiento era con una salsa de cebolla tipo escabeche y una taza de té, como digestivo.
“Mi tio Seytoku [el mayor de los Oshiro Higa] dijo que le pusieran chimbombo, porque el escabeche y el pan con pescado frito ya se quedó con la palabra chimbombo”, escribe Kyonori Oshiro, el hijo de Takeo, que no obstante su discapacidad física es periodista deportivo, y gracias al apoyo de su madre Felícita escribe un blog* donde comparte su valiosa historia familiar.
A fines de los 60 escribió Adán Felipe Mejía “El Corregidor” que antaño “chinos en tendejines miserables se pasaban el día friendo ‘bonifacio’”, que así le decían al pescado proletario que se comía frito y en pan, con harta “lechuga de gallina”. Hasta que el abundante fruto del mar subió de precio y escaseó, dicen que por obra y gracia de la industria de las conservas enlatadas.
Los Oshiro debieron sentir esa pegada. De hecho, Takeo cambió el bonito por jurel o merluza, para mantener la esencia humilde del chimbombo que el pueblo chalaco ya acostumbraba comer, tanto en desayuno como en lonche.

